La exposición que el artista danés Frank Jensen presenta este verano en la galería de arte Can Marc de Begur es un paréntesis que arrastra al espectador, cada vez más desacostumbrado, hacia aquel espacio de la propia reflexión donde las ideas, libres de las relaciones que las encadenan, llegan a ser la auténtica sustancia de la representación.
A Jensen, que desde hace casi diez años podemos ver en Cataluña, lo conocemos por un tipo muy particular de cartografía pictórica que tiende a la serenidad, a la calma o, en última instancia, a la abstracción de raíz emotiva. Estos adjetivos referidos a su trabajo son aplicables, de hecho, a buena parte de la abstracción “pura” que practicaron desde la década de los cincuenta artistas como Barnett Newman, Ad Reinhardt o, aún más, el inalcanzable Mark Rothko; así mismo, y señalando la primera coincidencia importante –se trata de coincidencia, sólo esto- entre la obra de Jensen y Rothko, hay que notar como sus paisajes aéreos, realizados a través del vuelo de algún pájaro que desafía la pátina nebulosa con la agudeza de su mirada, reproducen zonas de color siempre aisladas. La indefinición de los límites –en el caso de Rothko- o su severa geometrización de las formas –abundan en la obras de Jensen- son iénticas fronteras que definen el inequívoco carácter utópico de los mundos representados.
Hablemos de lugares como la isla mítica del Hiperboris o de la Ciudad del Sol de Tommaso di Campanella: lugares que, perdidos en la inmensidad –del mar o del desierto- hay que proteger para evitar la segura destrucción. La utopía, el no-lugar-más allá de las perversas reformulaciones que han hecho las ideologías- es para el arte la condición que hace posible la autonomización absoluta del espacio y del tiempo. No hace falta decir cual es la tragedia de estos mundos de formas aisladas: más allá de la temporalidad, su realidad es pura suspensión que se estrella, sin ninguna clase de salida alternativa, con la realidad de un mundo que sucumbe al enfebrecido dinamismo propio de la modernidad. Del no-lugar y del no-tiempo a la falacia tecnológica de “a todos los lugares con simultaneidad del tiempo”. Pero Frank Jensen va má allá. A parte de las amplias zonas-islas de color, el artista de Dinamarca establece mínimos puentes con apariencia de flagelo espérmico o señales que, sin llegar a la violencia de las perforaciones de Lucio Fontana, erosionan el complejo juego de veladuras. Estas señales son, quizá, como las ruinas de alguna Troya que el arqueólogo experto intenta recomponer: finalmente, sólo señalan la presencia exacta de aquello que ya nunca podrá ser recuperado. Al fin y al cabo, ésta es la función última de toda simbología. El dilema de Shcliemann –es aquel pobre visionario que traicionó vilmente la memoria de Homero- tiene plena vigencia.
Por último, se hace indispensable valorar la estricta realización de los trabajos de Frank Jensen: sin adentrarnos en aspectos formales obvios, sus obras recuperan el alma del color (como hacía Klein) en un proceso que se adivina lentísimo y de minuciosidad extrema; como en las degradaciones perfectas de los cielos toscanos de Donatello o d’Antonello de Mesina, la luz se modula ofreciendo al ojo, posiblemente, una de las más sutiles experiencias perceptivas. En este sentido, las obras de Jensen sólo existen plenamente en riguroso directo.
Edual Camps, crítico de arte